jueves, 6 de mayo de 2010

¿Qué damos? ¿Qué recibimos?

Ayer decidí subir en el Metrolinea - que desde hace más de un mes - rueda por Bucaramanga y parte de su área Metropolitana, dar un paseo por la ciudad bonita en éste nuevo medio de transporte colectivo sería una nueva experiencia para los niños y para mi, que luego de la reconstrucción de mi rodilla derecha nos habíamos visto atrapados en el auto familiar.
Caminando por uno de los puentes peatonales para acceder a esta "aventura", divise a un padre que hablaba a su menor hijo con voz enérgica; y mientras mis hijos contaban carros, buses y motos, y observaban el panorama hacia la bella Floridablanca; yo cautelosa escuchaba dicho monólogo. Hoy parte de éste, lo comparto con ustedes para que cavilemos al respecto:
"... si te portarás bien lo tendrías todo conmigo, yo sólo te pido que respetes a tu madre, que hagas caso, que seas obediente, cómo he de consentirte si siempre te andas portando mal y contestando con groserías, ¡altanero! Tu mamá me dice que yo te miro feo, ¡pero que mirada tengo que tener, si siempre andas portándote mal! Ella es una alcahueta pero conmigo si andas derecho, porque yo no me pongo con tanta maricada, quieres que te compremos de todo pero que nos das: problemas, tristezas.. siempre arruinas nuestras salidas familiares, ya estas grandecito y entiendes...en el colegio no trabajas, tienes malas notas y nosotros nos matamos trabajando todo el dia para darte lo mejor! ¿como nos pagas? con tus berrinches y pataletas?....."
El menor cabizbajo no contestaba y su mirada buscaba la figura de su madre que había quedado unos metros atrás. Al acercarse la mujer a su lado, literalmente se pegó a ella, mientras el padre avanzó solo y airado.
Me preguntaba ¿qué damos? ¿qué recibimos? Muchas veces queremos observar en los niños y niñas un buen comportamiento - como pago - de nuestros esfuerzos (no afectivos) para suplir algunas de sus necesidades. Pero no les amamos verdaderamente, o equivocamos nuestras expresiones de amor a tal punto que el mensaje no llega.
¿Será que esa carencia afectiva es la que se transmite en su inadecuado actuar infantil, o quizás es tal carencia afectiva en nuestra historia la que coloca lentes oscuros en los ojos y endurece el corazón de adulto para ser intolerantes e irritantes ante la espontaneidad de la niñez?
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